CONCEPTOS PERONISTAS PARA ORIENTAR UN PENSAMIENTO ESTRATÉGICO DE LA ACCIÓN POLÍTICA

"PENSAMIENTO ESTRATÉGICO DE LA ACCIÓN POLÍTICA"

CONCEPTOS PERONISTAS PARA ORIENTAR UN PENSAMIENTO ESTRATÉGICO DE LA ACCIÓN POLÍTICA

Todas las revoluciones de la historia han transitado por cuatro etapas a saber:

Etapa Doctrinaria.

Etapa de toma del poder.

Etapa dogmática.

Etapa institucional

La etapa doctrinaria es una etapa de prédica de la doctrina, es, por ejemplo, la predica realizada por el General Perón desde la Secretaría de Trabajo y Previsión desde 1943 hasta 1945 y luego continuada durante su presidencia y sistematizada a través de la Escuela superior Peronista.

La etapa de toma del poder es la adquisición de la capacidad de realizar los cambios propuestos que requiere, además del Gobierno del Estado, de la capacidad de conducir el bloque histórico de fuerzas que permiten tales realizaciones: el Pueblo Socialmente organizado, el Pueblo políticamente organizado y el Pueblo Militarmente organizado.

La Constitución Nacional de 1949 y las numerosas leyes y decretos dictados al amparo de dicha constitución son un ejemplo de las realizaciones sociales, políticas y económicas hechas entre 1945 y 1955.

La etapa dogmática es en la que un nuevo marco legal basado en los principios doctrinarios, ya hechos carne por el pueblo de la nación, regula la vida social política y económica de la comunidad organizada.

A la etapa institucional corresponde la democracia social, orgánica y directa (la democracia integral) propuesta por el General Perón en el Modelo Argentino Para el Proyecto Nacional, con la creación de nuevas instituciones que permitan la participación plena del Pueblo en la toma de decisiones.

En una clase magistral del General Perón el 19 de abril de 1974 en el teatro San Martín, al inaugurar los cursos de Doctrina Justicialista decía lo siguiente:

Por lo general, los movimientos revolucionarios cumplen indefectiblemente cuatro etapas. La primera, es la del adoctrinamiento; la segunda, la toma del poder; la tercera, lo que podríamos llamar la etapa dogmática, y la última, la institucionalización de la revolución.

En las grandes revoluciones que la humanidad puede recordar, estas etapas se han cumplido fatalmente. En la Revolución Francesa, los enciclopedistas son los que crean y lanzan una doctrina; el [18] Brumario es la toma del poder; el Imperio es la etapa dogmática, con Napoleón al frente; y la Primera República es ya la institucionalización de todo ese movimiento revolucionario que termina con la etapa feudal y da nacimiento a la etapa contemporánea. Si miramos la Revolución Rusa, ocurre exactamente lo mismo. Marx y Lenin constituyen la etapa doctrinaria. Stalin es la etapa dogmática. Luego viene la institucionalización, con Kruschev y todos los que le han seguido hasta la actual situación, en que ese país se ha convertido en una dictadura, en un Estado de tipo marxista-leninista, pero con autoridades ya institucionalizadas, o sea, el fin de la Revolución Rusa se ha cumplido. Nuestra revolución no puede escapar a eso. Por circunstancias de la situación favorable que se presentó en 1945, la etapa del adoctrinamiento fue cumplida durante los gobiernos justicialistas. Luego vino la natural reacción, que se presenta generalmente en todos estos casos, formada de acciones y reacciones, hasta 1972 y 1973, en que se produce la toma del poder. Ahora estamos viviendo la etapa dogmática, muy avanzada, porque ya antes habíamos hecho otras etapas similares; y debe venir la etapa institucional, que es la que estamos tratando de forzar por todos los medios, buscando para nuestro país una nueva democracia integrada, donde todos los argentinos puedan sentirse partícipes de la obra que intentamos realizar. Ya hoy no hay quien, por lo menos, diga que no está por la reconstrucción y la liberación del país, y ya es mucho conseguir cuando se alcanza una unidad de esta naturaleza para que los hombres, cualquiera sea la idea que los ilumina y que los sostiene, sean artífices de un destino que es común, dirigido a realizar el país, sin lo cual ningún argentino podría realizarse en el futuro. En esta etapa, que está ya a 30 años de la iniciación de nuestro esfuerzo doctrinario y revolucionario, resulta indudable que es imprescindible insistir en nuestra doctrina.

Llegar al gobierno no alcanza para lograr el poder popular, ya que se trata de acceder al gobierno de las instituciones del sistema demoliberal burgués que no fue diseñado para que el pueblo llegue al poder, sino todo lo contrario, y en nuestro caso permite el sometimiento neocolonial.

Por esta última razón es que la herramienta de lucha política peronista es el MOVIMIENTO y no el partido político. El partido político, uno o varios, es solo una parte constitutiva del Movimiento. El Movimiento es la forma orgánica del FRENTE NACIONAL, y este, a su vez, es la forma que adquiere el bloque de fuerzas históricas en un momento dado de la historia.

Organizar es adoctrinar, decía el General Perón, pero esta acción no se realizó masivamente desde 1976 a la fecha (49 años), excepto en algunos ámbitos de militancia. A nuestra Doctrina Nacional se la ocultó o se la trató de sustituir por otra con el pretexto de su actualización. Obviamente toda doctrina requiere de actualización, pero para ello, se la debe conocer primero y luego poseer de una conducción superior del conjunto del Movimiento que sea capaz de sintetizar los cambios.

En la clase magistral que me refería anteriormente también decía el General respecto a las bases de una Doctrina Nacional:

“¿Cómo fijamos nosotros ya en el Consejo Nacional de Posguerra, en el año 1945, una ideología, y lanzamos las bases para una doctrina nacional? Nuestro pensamiento fue claro y sencillo. Pensamos entonces, y seguimos pensando hoy, que la evolución de la humanidad es lo único que influencia directamente todos los cambios políticos, sociales y económicos, a través de los cuales transita, en cada etapa de la historia, la humanidad entera. La etapa medieval tuvo un régimen feudal; la etapa de las nacionalidades tuvo un régimen capitalista, donde el acento estuvo puesto primordialmente en lo político; viene para el futuro —en el continentalismo, y quizá en el universalismo, que ha de ser la etapa que le sigue— un régimen social; es decir, un régimen en que el acento esté puesto en lo social y no en lo político y lo económico, como era en los sistemas antiguos. Nosotros tenemos que ir acompañando a esa evolución para no vernos, después, en la historia, remando o nadando contra la corriente. No son los hombres los que determinan el curso de la historia y su evolución; es un determinismo histórico al que no escapa nadie que viva en la Tierra: ni los hombres, ni las instituciones, ni las costumbres. Es pensando en eso que nosotros tratamos de construir un sistema que nos permitirá adaptarnos a las posibles nuevas evoluciones, y, por lo que hemos venido comprobando desde hace treinta años, no estuvimos desacertados, porque hoy estas parecen las palabras de orden que circulan no solamente aquí sino en el mundo entero (aplausos). Quiero precisar con esto que no nos hemos equivocado. Si nos hubiéramos equivocado, lo prudente y lo sabio [hubiera] sido reaccionar contra esa equivocación y hacer, si fuera necesario, lo diametralmente opuesto a lo que habíamos pensado. Pero, cuando los hechos han comenzado ya desde hace muchos años a darnos la razón, no solamente en la concepción filosófica, sino en la propia experiencia que hemos podido comprobar en estos últimos veinte años de la vida argentina, y estamos persuadidos de eso, nada más lógico ni más justo que nos dediquemos tesoneramente a hacer llegar esos mismos principios y esa misma doctrina, que nosotros hemos puesto en ejecución hace treinta años, a las nuevas generaciones, siempre propensas a tratar de intentar algo que, en el fondo, no son sino deformaciones capciosas de la realidad (aplausos). No pensamos que las doctrinas sean permanentes, porque lo único permanente es la evolución, y las doctrinas no son sino una montura que creamos para poder cabalgar sobre esa evolución, sin caernos. Pero sí pensamos que, mientras la etapa que estamos viviendo esté adaptada a la necesidad de crear una doctrina para esa evolución, no se la puede cambiar. Vendrá después —pensamos— el universalismo, que es la última etapa de integración mundial. Quizá, allí sea necesario crear otras doctrinas. Pero mientras el continentalismo está en acción, no vamos a tener necesidad de cambiar nuestra doctrina, porque esta fue creada hace ya treinta años para enfrentar a ese universalismo que venía avanzando (aplausos). Por eso, compañeros y compañeras, creo que si el Movimiento Peronista en este momento tiene una necesidad imperiosa e impostergable, ella es, precisamente, la de recordar a nuestra gente —especialmente a la gente joven que no ha vivido las etapas anteriores y que, en consecuencia, carece de la experiencia necesaria para juzgar—, con claridad meridiana, como lo podemos hacer todos los peronistas, los grandes principios que fija nuestra ideología, así como también las formas de ejecución, en las que tampoco nos habíamos equivocado (aplausos). Compañeros y compañeras: Es preciso, en el momento en que estamos viviendo, volver a recordar los grandes principios que enarbolamos desde los primeros días de nuestro trabajo político en el país, es decir, un sistema que esté tan distante de uno como de otro de los imperialismos dominantes (aplausos).”

Mas delante de su discurso continuaba sobre este tema:

“El actual estado de nuestro Movimiento es consecuencia de una larga lucha. Esto pasa como en una batalla, en la que se empeña todo el mundo y lucha, y al final de ella quedan todos entreverados, mezclados y doloridos. Lo mismo ocurre con nuestro Movimiento, que ha soportado una larga y dura batalla; pero, después de ella, se reconstruyen las fuerzas, se reorganizan las unidades y se emprende de nuevo la marcha (aplausos). Eso es lo que pienso que debemos hacer y, para poder lograrlo racionalmente, nada mejor que comenzar por recordar nuestra doctrina, que los hombres de la generación intermedia y los viejos tenemos ya conocida por la teoría que aprendimos y por la experiencia que sufrimos. Los muchachos tienen mucho que aprender de la doctrina todavía, porque teóricamente no la conocen y porque, a pesar de que ellos han luchado fuerte y valerosamente en los últimos tiempos, no debe olvidarse a los que durante treinta años aguantaron esa misma lucha (aplausos). En 1950, nosotros habíamos organizado nuestras escuelas de adoctrinamiento. Existían escuelas peronistas en todas las capitales de provincia, y en muchas localidades del interior de nuestras provincias funcionaban escuelas similares. Aquí, en la Capital Federal, teníamos la Escuela Superior, en la cual yo era profesor, de manera que la conozco bien. Y contábamos, además, con varias. Aquella Escuela Superior del Partido Peronista había desarrollado sus actividades en el 2° piso de un edificio de la calle San Martín 665, entre Viamonte y Tucumán, de la ciudad de Buenos Aires escuelas peronistas, donde se impartía adoctrinamiento a través de los hombres que venían sosteniendo ya una larga lucha, por lo que podían transmitir no solo la teoría, sino también el producto de una experiencia. Hoy tenemos que reeditar ese mismo sistema. Creo que este punto de partida, de crear cursos de adoctrinamiento, es de una importancia decisiva para nuestros futuros políticos. Nuestro Movimiento es cuantitativamente grandioso. Pensemos lo que sería si lo hiciéramos también cualitativamente (aplausos)”

Si lo que pretendemos es retomar el poder para continuar el proceso hoy interrumpido de la Revolución Justicialista, debemos reconstruir la herramienta que permita hacerlo, esto es EL MOVIMIENTO.

Por esta razón la reconstrucción del Movimiento Nacional, es decir, la forma orgánica de volver a reunir los componentes básicos del frente nacional es una tarea imprescindible e impostergable.

            Si tuviéramos una dirigencia política consiente de esta necesidad, esta tarea se vería muy facilitada, pero lamentablemente los que podrían convocar con más fuerza no lo hacen, ya sea por desconocimiento o por traición.

            Desde nosotros, como núcleo militante, lo que podemos hacer es predicar y promover acciones y eventos que faciliten e inicien procesos que tiendan a favorecer la organización popular con una conciencia movimientista.

            Dada la importancia de esta cuestión, me parece oportuno reproducir algunos párrafos del documento elaborado por la Comisión Nacional de Gestión y Enlace para la Unidad Del Movimiento Nacional Justicialista del 14 de agosto de 1982:

El Bloque Histórico de la Nación

la Unidad Nacional es posible solamente recomponiendo el Bloque Histórico que a lo largo de casi dos siglos llevara adelante el proyecto de fundar y construir una Nación en

este espacio geopolítico y humano. Sus componentes han sido estructuralmente los mismos, aunque se han manifestado de forma diversa en cuanto a su composición y a sus rótulos políticos, a

lo largo de la historia. Se pueden resaltar claramente las características estructurales dadas por la presencia del pueblo socialmente organizado y militarmente organizado, con un rótulo político

común. En el devenir de esta Unidad Nacional es como se ha hecho nuestra historia, sufriendo las fuerzas los cambios de época y heredando unas de las otras las mismas misiones y los mismos

contenidos. La Argentina es una continuidad histórica por esta razón, pese a aquéllos que en cada una de las épocas han pretendido, vanamente, “empezar de nuevo”, como si la Patria fuera el cine

continuado, tal ha sido la conciencia reorganizadora del “proceso”. La Argentina basa su Unidad

Nacional en esa Unidad Histórica, incorporando a la vez a las nuevas fuerzas que el devenir y la interacción de la comunidad internacional hacen aparecer en la realidad. La Unidad Nacional,

producto de la unicidad del proceso de formación de la nacionalidad, tiene así protagonistas y

antagonistas; y entre sus protagonistas la conciencia nacional no es un producto de botica, homogéneo e igual para todos, sino que es más bien una resultante de la práctica concreta de todo un pueblo, diversa y no uniforme. En los momentos de mayor homogeneidad de esa práctica, la Unidad Nacional fructificó en realizaciones imperecederas cuyo acervo constituye el rasgo indeleble del ser argentino, cuando la divergencia instigada desde dentro o desde fuera se impuso, el país vivió horas amargas. La relativa homogeneidad del bloque histórico nacional jamás se alcanzó por la fuerza o la compulsión sino por la necesidad, el consenso, la organización y el trabajo lúcido de los hombres que tomaron sobre sí la tremenda responsabilidad de horas difíciles. Unidad y diversidad no son, en el tema, términos de una contradicción sino aspectos de una misma posibilidad.

Simplicidad y complejidad.

La construcción del Bloque Histórico Nacional es en realidad una tarea simple aunque de ningún modo lineal, términos que no se deben confundir. Es simple porque basta hincar las raíces en

nuestra tierra, nuestra historia y nuestro pueblo para encontrar la savia, la razón y la idea, el

fundamento, el sentimiento y la palabra suficientes para construirlo.

Pero es complejo en su funcionamiento orgánico y sistemático. La complejidad que puede llegar a tener es la complejidad misma de la sociedad. Si no tenemos vocación ni de policías políticos ni de

manipuladores, podremos aceptar la complejidad del sistema sin intentar controlarlo todo, saberlo todo o crearlo todo. Deberemos sí, tratar de conocerlo todo porque es la gran pedagogía política que el pueblo ejerce sobre sus dirigentes en el ejercicio de su libertad y de la organización de su propia opinión. El ejercicio de la libertad en el marco de una organización global y de amplia participación aúnan la simplicidad de las líneas directrices y la complejidad de la profundización organizada de esas mismas líneas. Simplicidad y complejidad no son así los términos de una contradicción sino los elementos de un todo orgánico. El Bloque Histórico Nacional es simple en su enunciación, en su comprensión y en su propuesta y complejo en las líneas de su desarrollo y del desenvolvimiento de los elementos de la participación. Por eso se trata de un gran bloque de fuerzas y una tarea eminentemente colectiva.

b.— Los Componentes Básicos: Los trabajadores organizados.

Como dijera nuestro Maestro constituyen, los trabajadores organizados, la columna vertebral de nuestro Movimiento, pero no sólo de él sino también el elemento esencial de la producción y los

“huesos” mismos de la arquitectura social del pueblo argentino. La recuperación de sus

organizaciones de pleno derecho, de las obras sociales y de todo lo que esto lleve aparejado, rearmará y recompondrá no sólo las posibilidades ciertas de todo el pueblo a la participación, sino que también reconstruirá un organismo participativo esencial para los trabajadores mismos, abriendo a la vez el camino a la reorganización de la producción en su conjunto. Sin las organizaciones gremiales que son justicialistas en su esencia, en su forma y en sus dirigentes y afiliados, será imposible siquiera pensar en reconstruir el bloque de fuerzas histórico para continuar la construcción de la Nación. Las organizaciones gremiales son los agentes concretos de la organización tanto de la opinión nacional como de la producción sobre nuevas bases participativas. Forman finalmente una comunidad de interés dentro de la Comunidad Nacional, a la que deben devolvérsele sus fueros perfeccionados y posibilitar así su inestimable contribución a la creación de una Comunidad Organizada. Su participación en las decisiones de conjunto de la Nación resulta ser absolutamente imprescindible.

El Pueblo Socialmente Organizado

Creen algunos políticos que el pueblo argentino no está organizado porque no es cliente de algunos de los kioscos que estos políticos han constituido, sin embargo, el pueblo argentino tiene una vasta red de organizaciones sociales que han sobrevivido, aunque maltrechas, a estos últimos años.

Las organizaciones sociales, llamadas “intermedias”, han sufrido mucho en este período y deben comenzar a ser reconstruidas, pues constituyen los nudos de decisión en el seno de la sociedad

argentina sobre un sinnúmero de cuestiones que atañen a la vida diaria del hombre y la familia, que

deben estar en manos del pueblo y restituir así su capacidad tanto participativa como decisoria en el orden general, aumentando la presencia popular en los niveles superiores y comenzando a construir la Democracia Social, Orgánica y Directa que nuestro General Perón proyectara y anunciara. Una gran extensión del consenso y una sólida base social son elementos que el sistema de las organizaciones sociales proporciona al Bloque Histórico Nacional, que puede asentarse firmemente enraizado en la tierra si cuenta con la participación masiva y orgánica del pueblo y sin la cual carece de contenido y nutrición.

El Pueblo Militarmente Organizado

Desde su misma constitución, el pueblo argentino necesitó, para cumplir tanto su impulso histórico como su destino, que una parte de él se organizara para defender este impulso y este destino. En los momentos en los que, el conjunto de fuerzas sociales constituyeron el bloque nacional, esta parte del pueblo organizada fue su armadura, su escudo y su espada; en los momentos de disolución del bloque histórico tanto por acción externa como interna, esta parte se enconó contra el país, se enfrentó con él, con él fue derrotado y finalmente excluido y anatematizado, dos veces derrotado. La experiencia de 170 años de historia nacional donde esta cuestión se ha venido reiterando recurrentemente, nos enseña que el pueblo militarmente organizado es imprescindible en la construcción de la Nación, en la participación de la toma de decisión y en la co-responsabilidad respecto del proceso de conjunto. En los momentos de enfrentamiento de estas dos partes de la organización del pueblo en la Nación, la Nación misma fue la postergada, además de proporcionar a nuestro pueblo las torturas físicas, materiales y morales más terribles. Setenta años ininterrumpidos de guerra intestina en el siglo pasado y casi cuarenta en el presente siglo atestiguan la verdad de este aserto. Así como atestiguan también, que con un siglo de guerra a las espaldas, los argentinos construimos una Patria, un Estado, una Nación y podemos todavía proponernos seguir mirando hacia el futuro con el optimismo de la vida nueva que esta nueva instancia de crisis abre como perspectiva por entre los nubarrones de tormenta. Organizar la participación plena, la co-responsabilidad y el cumplimiento de las funciones del pueblo militarmente organizado en las FFAA, es una responsabilidad que, si bien compete al conjunto de las Fuerzas Armadas en todos sus niveles, compete fundamentalmente a la magnanimidad conocida de nuestro Pueblo, así como la protección del futuro de la Patria para todos los argentinos con Justicia, Soberanía, Independencia y Libertad.  Todos los males se  pueden esperar de un Pueblo postergado, dividido, perseguido y condenado; el fantasma de la venganza aletea en los corazones de millones de argentinos y será justicia si una Justicia mayor más grave, perdurable, verdadera y organizada no ocupa el lugar concreto de la ira. Sólo el destino común, un destino común compartido donde cada quien ocupe el lugar y la función que su vocación, inclinación, interés o posibilidades le asignen, puede aventar los fantasmas y asentar en su lugar la Justicia, más medida como construcción del futuro, que como vuelta a un pasado doloroso que debemos desterrar como posibilidad para el mañana. El pueblo argentino debe recuperar, para continuar su marcha en la reconstrucción nacional, su lanza, su espada y su escudo. Sin sus armas será objeto del dominio de los poderosos y triste colonia de un Imperio en bancarrota.  Todo  intento  de  separar  las instituciones del pueblo militarmente organizado del conjunto del Bloque Histórico Nacional, debe ser reputado como un crimen de lesa patria destinado a liquidar el poder  nacional y entregar el país a la aventura  o  a  la  idealidad  declamatoria  de  la  izquierda  extraña  y  propia,  como  la  postura acomodaticia del gatopardismo que quiere, como quería Pellegrini, que las FFAA sean “un león en una jaula, de la cual tener la llave para soltarlo en el momento oportuno y al cual alimentar o hambrear según se cuadre”. Para el destino nacional esta porción del pueblo no es ni un hato de criminales ni un león para enjaular, sino una parte indisoluble de sí mismo a la que la Nación tiene el derecho de incorporar a su seno y el deber de exigirle que cumpla con las múltiples funciones que en una sociedad moderna en construcción tienen los profesionales de las armas. Sin esta parte la Nación es incompleta, indefensa e imposible.

El pueblo políticamente organizado.

Los partidos políticos que tan golpeados han sido en los últimos períodos de nuestra historia son parte indisoluble del sistema político decisorio de la vida argentina. Sin embargo, falso sería decir que son los únicos receptores tanto de la opinión mayoritaria como de las inquietudes sociales profundas del pueblo. Debemos aprender a convivir, pero los partidos políticos deben aprender también a convivir con otros sistemas de decisión de la sociedad, complementarios y no competitivos, es más, son el conjunto de las organizaciones de la sociedad las que nutren y nutrirán a los partidos políticos haciendo más rica e intensa su vida interna y más amplia y participativa la democracia argentina renovada y recreada. Las organizaciones políticas del pueblo que emprendan el camino de la construcción de la Nación forman parte indisoluble del Bloque Histórico, comprendiendo que el número de condicionantes y factores que determinan las posibilidades de construcción es tal, que las diferencias entre estas organizaciones serán diferencias en gran medida formales. La dirigencia política argentina que ha dado al país grandes dirigentes y estadistas debe renovarse y renovar su pensamiento sin que ese proceso sea compulsivo, sino natural y sin bloqueos producidos o bien por la estructura o bien por la resistencia a la convivencia y al intercambio fructífero de experiencias. La opinión nacional, que es parte de la decisión, tiene un aspecto importante en los partidos políticos, pero los partidos políticos que queremos deben ser fuertes, participativos y sólidos, ya que se trata de combatir la anemia del sistema decisorio nacional y la hipertrofia de los aparatos cerrados de administración y servicio de la sociedad. Sin partidos políticos, finalmente, sería imposible el aspecto político de la Democracia Social y también comprendamos que sin Democracia Social los partidos políticos seguirán el camino del raquitismo, el encierro y la exclusión, minimizando el poder nacional y entregando el país a la aventura o a la suerte, cuando no a la desaparición por consunción.”

            Regresando a nuestra situación actual, imaginando la estructura que podría tener el Movimiento hoy, digamos que a los trabajadores sindicalmente organizados le deberíamos agregar los trabajadores informales reunidos en organizaciones como la Central de Trabajadores de la Economía Popular y otras organizaciones sociales.

En cuanto a la organización política, tal vez deberíamos pensar en una Federación de partidos filo-peronistas, ya, que ningún partido político actual es doctrinariamente peronista en forma total.

En conclusión, estamos muy lejos de poder tener una iniciativa que nos lleve a “tomar el poder” es decir la capacidad suficiente para imponer la voluntad popular necesaria para retomar el camino de liberación nacional y social que nos lleve a la patria socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberna.

Hoy transitamos un camino de resistencia, de defensiva frente a la agresión desenfadada sufrida por todo el pueblo argentino. En este marco las próximas elecciones requieren de  un frente anti-Milei, pero totalmente insuficiente para la enorme tarea que requiere el momento.

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